Trabajar con el privilegio y la diferencia

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Regresar a Objeción de Conciencia: Una guía práctica para los movimientos

En este capítulo, una activista cuya experiencia principal ha sido en los movi-mientos estudiantiles y feministas interseccionales del Reino Unido nos brinda una mirada más general sobre el privilegio y la diferencia y nos sugiere algunas formas prácticas de trabajar con estos conceptos.

"Nos han enseñado a ignorar nuestras diferencias o a verlas como causas para la separación y la sospecha, en vez de apreciarlas como fuerzas para el cambio. Sin comunidad no hay liberación, sino tan solo una tregua absolutamente transitoria entre la persona y su opresión. Pero comunidad no puede nunca significar que prescindamos de nuestras diferencias, ni el penoso pretexto de que las diferencias no existen”[1].

Estas son palabras de Audre Lorde, feminista lesbiana afroamericana, pronunciadas en 1979. Así pues, trabajar con la diferencia no es precisamente un problema nuevo. Es más, el cómo trabajar creativamente con nuestras diferencias, en lugar de simplemente tolerarlas, es un tema que todo movimiento debería abordar, si quiere aprovechar al máximo el potencial de todos sus participantes. Lorde escribía principalmente sobre las diferencias entre las mujeres del movimiento feminista estadounidense de los años setenta y ochenta, pero gran parte de sus ideas y reflexiones pueden aplicarse de manera más general.

Reconocer que las diferencias existen es, obviamente, el primer paso a dar; sin embargo, lo crucial es reconocer lo que implican. Las diferencias tienden a ser marcadas como superiores o inferiores a otras: por ejemplo, algunas etnias, géneros sexuales, nacionalidades y religiones se consideran popularmente, y a menudo inconscientemente, "mejores" que otros. Las nociones y comportamientos que reflejan esta visión de las cosas aún persisten, incluso en situaciones en las que se considera a todos los individuos como iguales. Ciertamente, dichas nociones y comportamientos pueden ser más difíciles de abordar en tales situaciones porque resulta más fácil hacer de cuenta que simplemente no existen.

Como escribía Lorde: "Mientras cualquier diferencia entre nosotras implique que una de ellas debe de ser inferior, entonces el reconocimiento de toda diferencia irá siempre cargado de culpa"[2]. Yo, personalmente, debo admitir que puede resultarme difícil reconocer que pertenezco a un grupo de personas excesivamente privilegiadas en comparación con otras, ya que, lo quiera o no, me beneficio de su opresión: el privilegio y la opresión siempre van de la mano, cada uno es la medida inversamente proporcional del otro.

También significa que debo reconocer que mi privilegio podría ser la razón por la cual disfruto de determinadas cosas que preferiría creer que merezco por puro mérito propio. En mi caso, por ejemplo, no puedo decir que la suerte que he tenido en áreas como la educación y el trabajo —o en el contexto del activismo y la forma en que mis aportaciones son recibidas— tenga que ver exclusivamente con quién soy yo como persona: también sirve de ayuda el hecho de que, nuevamente en mi caso, soy blanca y de clase media. Cuando me veo cara a cara con la realidad de que no todos tienen estos privilegios, a pesar de que "blanco" y "de clase media" son lo que podríamos llamar "marcadores por defecto" en mi sociedad, marcadores de una superioridad imaginada, es como un golpe a mi autoestima. Y por ser mujer (lo cual no es un marcador por defecto ni un marcador de superioridad imaginada) hace que esto pueda resultar bastante mortificante: el hecho de que, de alguna manera, deba superar la opresión para poder disfrutar de mi "suerte", me será mucho más obvio que el hecho de que mi privilegio me ayuda de otras formas. A los hombres, con su superioridad imaginada sobre mí por ser mujer a los ojos de la sociedad en la que vivo, se les otorga un espacio más importante en nuestro activismo conjunto que el que me dan a mí. Asimismo, sus aportaciones son consideradas de mayor autoridad que las mías en cualquier grupo al que pertenezcamos. Si estoy acostumbrada a luchar para no ser marginada por todo eso, entonces es posible que me oponga a hacer cualquier cosa que yo perciba como ceder el espacio y la autoridad que he logrado ganarme.

Pero citando nuevamente a Lorde: "Si participo, a sabiendas o no, en la opresión de mi hermana y ella me lo hace saber, el que yo responda a su enojo con mi enojo lo único que hace es ocultar con mi reacción la esencia de nuestro intercambio. Es un desperdicio de energía. Y sí, es muy difícil detenerse y escuchar la voz de otra mujer, definir una agonía que no comparto o a la que yo misma he contribuido"[3]. Sin embargo, de igual modo: "los enojos entre las mujeres no nos matarán si podemos expresarlos con precisión, si escuchamos el contenido de lo que se dice con al menos la misma intensidad con la que nos defendemos del modo de decir las cosas"[4].

Trabajar con la diferencia será, indiscutiblemente, un reto. No obstante, existen cosas prácticas que pueden servir de ayuda; algunas de ellas se encuentran explicadas aquí (véase también la introducción a la toma de decisiones por consenso en el capítulo 8). En primer lugar, en un movimiento inclusivo e igualitario, para empezar nadie debería tener que batallar para disponer de una tribuna (reuniones y demás); cada reunión debería estar estructurada de tal forma que todas y todos puedan expresarse. Por ejemplo, puede ser una buena idea hacer una ronda de palabras en todo el grupo periódicamente y pedirles a todos que nos digan lo que piensan, en vez de dejar que sean siempre las propias personas quienes tomen la iniciativa. Es igualmente importan-te pedirles que sean conscientes acerca de cuánto toman la palabra. Pero aquellos que están acostumbrados a ocupar un espacio exageradamente grande, los más privilegiados, podrían sentirse "marginados" si tienen menos espacio del que están acostumbrados a tener. Así que es poco probable que sea suficiente pedir que seamos conscientes de nosotras y nosotros mismos.

Del mismo modo, ser marginado no será visto como tal por todo el mundo (sobre todo los que están acostumbrados a serlo) y no todo el mundo siente la necesidad de aprovechar las oportunidades para hacerse oír más de lo habitual, a pesar de que perder sus reflexiones sería una lástima para el grupo. Por otra parte, nadie debería ser presionado a hablar si no lo desea. Facilitar que sea posible expresarse de diferentes formas podría ayudar en este dilema: mediante propuestas escritas antes o durante las reuniones, o a través de grupos de trabajo más reducidos. Es más creativo trabajar así que limitarse a seguir la corriente sin pensar y a actuar de forma preconcebida. Por supuesto, también es importante prestar mucha atención a quién concibe estas formas alternativas de trabajar. Si se trata de la misma gente que ya se estaba beneficiando con el modelo preconcebido, entonces no es muy probable que atraigan a la variedad más amplia de aportaciones que se supone deben atraer. La opción de presentar propuestas por escrito, por dar un ejemplo, puede resultarle atractiva a las personas que les cuesta mucho hablar en público o que tienen un nivel de educación que no los preparó para ello; aunque, claro está, ese mismo nivel de educación también puede ser necesario para sentirse lo bastante seguro para redactar una propuesta.

A veces los grupos pequeños o sectores de gente que comparten los mismos orígenes son necesarios para un reconocimiento colectivo de sus propias necesidades y para diagramar formas de trabajo, cosa que luego pueden incorporar al resto del grupo como un todo. Estos grupos más pequeños, además, pueden tener su propia importancia como redes de apoyo frente a la opresión compartida.

La diferencia y el privilegio asociado (o la falta del mismo) no es únicamente relevante a nuestra organización en cuanto a la voluntad o el deseo exagerado por tomar la palabra en las reuniones; por ello, el concepto de diferencia también comprende las distintas necesidades. Lorde les preguntó a las mujeres blancas del movimiento feminista estadounidense de finales de los setenta y los ochenta: "¿cómo lidias con el hecho de que las mujeres que asean tu casa y atienden a tus hijos mientras tú asistes a conferencias sobre teoría feminista sean, en su mayoría, mujeres de escasos recursos y de color? ¿Cuál es la teoría tras el feminismo racista?"[5]. Los movimientos de objeción de conciencia podrían hacer bien en preguntarse algo similar: ¿las condiciones de participación excluyen estructuralmente a quienes, digamos, tienen la responsabilidad de cuidar a otros y no pueden pagar a alguien para que los reemplace y puedan ir a una reunión? ¿Algunos tienen la posibilidad de asistir a expensas de otros? ¿Esperan los hombres que sus esposas, madres y novias se encarguen de los quehaceres domésticos y el cuidado de los hijos e hijas mientras ellos salen y trabajan en nombre de la gloriosa revolución? ¿Acaso las mujeres adineradas tienen expectativas similares a las de las mujeres pobres, especialmente las mujeres ricas blancas y las pobres de color (o las que pertenecen a un grupo étnico dominante frente a las de otros grupos étnicos minoritarios)?

De especial relevancia para este libro: ¿existe alguna expectativa de este tipo en los hombres que se sienten merecedores de algo por el hecho de ser tratados como héroes debido a la valiente decisión de objetar que tomaron? Para los antimilitaristas, puede resultar útil comparar nuestros movimientos con eso contra lo que luchamos: si la gente que constituye el frente y centro de nuestros movimientos es el mismo tipo de gente que el ejército tendría en muy buena consideración porque son la clase de personal deseado (casi siempre hombres jóvenes y heterosexuales sin ninguna discapacidad, y, para los rangos más altos, hombres de grupos étnicos dominantes y origen socioeconómico privilegiado) entonces sabemos que estamos fallando en algo.

En el Manual de campañas noviolentas de la IRG se presentan otras formas en las que los movimientos pueden ser excluyentes por su estructura. ¿En dónde se reúne tu grupo? ¿En un lugar al que se puede llegar con transporte público? ¿Responden las instalaciones a las necesidades de las personas discapacitadas? ¿Es, en general, un lugar abierto y cómodo? Reunirse en la casa de alguien, un café o un bar puede estar bien para algunos grupos, pero también puede generar obstáculos o dinámicas malsanas para otros. Es posible que algunas personas se sientan incómodas en un ambiente en el que circula el alcohol, que otras tengan un presupuesto limitado o que tengan una ideología opuesta al consumismo y que, por ello, sientan que comprar un refrigerio es una imposición. Estas son algunas razones entre muchas otras[6].

A menudo se enfatiza la importancia de escuchar a aquellos que expresan claramente necesidades distintas de las que se presupone que tiene la mayoría del grupo. Sin embargo, es igualmente importante tener presente lo que puede costar expresar ciertas necesidades a la persona que habla. Lorde describió la suposición de que las mujeres debían educar a los hombres, que las negras debían educar a las blancas, y las lesbianas y los gays —así como otras minorías sexuales—

al mundo heterosexual como una pérdida constante de energía y una herramienta primaria que los opresores utilizan para mantener ocupados a los oprimidos con las preocupaciones del amo[7]. Puede decirse lo mismo sobre infinidad de otros intercambios: es muy común, por ejemplo, entre personas con discapacidades y aquellos que actualmente no las tienen. Por consiguiente, además de ser receptivo y empático cuando se expresan necesidades imprevistas, es importante considerar de antemano el tipo de necesidades que el movimiento pueda tener que cubrir. Esto es importante, sobre todo, por lo delicado de algunas de estas necesidades: Wendy Barranco, en su capítulo dedicado al rol de los veteranos en los movimientos pacifistas y antimilitaristas, describe el efecto de trauma recurrente que representaba el que otros esperaran que ella narrara sus traumáticas experiencias como soldado, algunas de las cuales le impiden hasta hoy participar en ciertos tipos de acciones, como manifestaciones muy ruidosas, por ejemplo.

Es probable que realizar talleres sobre las distintas necesidades y obstáculos que afrontan determinados grupos sea preferible para aquellas personas que se supone que deben sensibilizar a otros, en lugar de tener que hacerlo de forma individualizada cada vez que surge una situación que pone de manifiesto un obstáculo tal. Estos talleres también permiten a otros que no viven con dichos obstáculos compartir la carga de esta sensibilización en el futuro. No obstante, es importante que esos otros no se consideren ni se presenten como si fueran la mayor autoridad respecto de las necesidades y obstáculos sobre los que educan en nombre de aquellos que, en realidad, son los que viven con dichos obstáculos y necesidades. Como individuos, también podemos hacer cuanto esté en nuestra mano para sensibilizarnos y educarnos a nosotros mismos.

Nada de esto es fácil. Pero hacer lo más fácil rara vez es la forma más creativa de trabajar. Y trabajar de un modo que no contemple la diferencia no se ajusta a la realidad del mundo en el que vivimos, ni a la esperanza y el deseo de construir un mundo mejor. Esto debería quedarle bien en claro sobre todo al movimiento antimilitarista, puesto que la uniformidad es, muy literalmente, una de las características clave de toda milicia: si reconocemos que los ejércitos son inherentemente opresivos, entonces esto nos da una pista de cómo no queremos que sean nuestros movimientos. Uno de los objetivos de este libro es también abordar más ampliamente las formas en las que el militarismo depende del género sexual y de los constructos patriarcales de género que privilegian a los hombres. Continuar privilegiando a los hombres de nuestros movimientos es, por lo tanto, claramente contraproducente. Los constructos patriarcales de género no son ni el único ni el principal pilar del militarismo: existen otros como el clasismo, el racismo y la discriminación contra los discapacitados (en todas sus vertientes), que también se abordan en este libro. Si estos prejuicios son los que sostienen al militarismo, entonces es obvio que no deberían tener cabida en nuestros movimientos.

 

[1] Traducción del texto de: Lorde, Audre, 2007, Sister Outsider: Essays and Speeches by Audre Lorde, (Nueva York: Random House), p112.

[2] ibíd. p118.

[3] ibíd. p128.

[4] ibíd. p60.

[5] ibíd. p112.

[6] Denise Drake y Steve Whiting, 'Trabajar en grupo", en Manual para campañas noviolentas, 2ª edición (Londres: IRG), p 91.

[7] Lorde, Audre 2007, p.113, 115, Sister Outsider

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