Objeción de Conciencia a lo largo de la historia

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Regresar a Objeción de Conciencia: Una guía práctica para los movimientos

Hannah Brock trabajó para la oficina de la IRG - Internacional de Resistentes a la Guerra, en el Programa “Derecho a rechazar matar”, en colaboración con movimientos de objetores de conciencia, activistas contra el servicio militar obligatorio y aquellos que cuestionan la militarización de la juventud. También ha participado en movimientos populares urbanos noviolentos en el Reino Unido y en Palestina. En el presente texto, Hannah nos expone una visión general de la objeción de conciencia a lo largo de la historia y de quienes han sido objetores de conciencia.

Verse obligado a incorporarse a un grupo militar no es nada nuevo. Durante milenios, pueblos sometidos a la esclavitud y la servidumbre —por lo general hombres— se veían obligados a abandonar sus hogares y arriesgar sus vidas para defender a sus amos y la riqueza y el poder de sus monarcas. Sin embargo, era mucho más habitual que las potencias y principados recurrieran a ejércitos “profesionales” o mercenarios para librar sus guerras.

El proceso de conscripción —alistamiento masivo obligatorio, en su mayoría de hombres solamente, a las fuerzas armadas de un Estado nación— suele remontarse a Francia tras la revolución de 1793. Previo a esto, en América del Norte, el servicio militar obligatorio o “llamamiento a filas” había sido promulgado también por Washington durante la Guerra de Independencia de 1775-1783. El servicio militar obligatorio en aquel siglo y el siguiente se convertiría en un proceso importante en el desarrollo de la identidad y creación de los Estados nación, así como un producto de estos, especialmente en Europa.  En esa época, sostiene Suadi Aydın, una nación “como un todo” se convertía en actor de la guerra.[1]

Sin embargo, el rechazo a la idea de tener que alistarse personalmente en el ejército, y la oposición a la violencia armada para todos, se remonta a mucho ti empo antes.  Existe constancia de que Maximiliano de Tébessa fue uno de los primeros “objetores de conciencia”, al negarse a formar parte del ejército romano cuando este se encontraba en busca de soldados para engrosar sus filas en Numidia (actual Argelia) en el año 295 de nuestra era. Al manifestar que, como cristiano, no podía utilizar la violencia, fue ejecutado.

La objeción de conciencia por motivos religiosos, como en el caso de Maximiliano, era la razón más evidente en su comienzo. Fueron los objetores de conciencia religiosos los primeros a quienes se les concedió el derecho moderno de exención al servicio militar, como es el caso de los anabaptistas y cuáqueros de Holanda en el siglo XVI. No obstante, otra corriente de influencia para los antimilitaristas y la Internacional de Resistentes a la Guerra (IRG) es la historia de la resistencia al alistamiento militar, la evasión y la deserción dentro del ejército. Dicha resistencia, a veces menos organizada, es con frecuencia menos evidente y, por lo tanto, se encuentra menos documentada, con excepciones notables como la oposición a la guerra de Vietnam por parte de los que eludieron el llamamiento a filas en EE. UU. en los años sesenta del siglo pasado.

En Egipto, cuando se introdujo el servicio militar obligatorio bajo el reinado de Muhammad Ali a principios del siglo XIX, muchos se autolesionaban con la esperanza de ser declarados no aptos. Algunos se amputaban miembros, perdían la vista en uno de los ojos, se arrancaban los dientes (por ser importantísimos a la hora de abrir los paquetes de balas) o se cortaban un dedo (para no poder apretar el gatillo de un rifle). En respuesta a ello, el ejército creó un cuerpo especialmente destinado a los mosqueteros discapacitados. Muchos también huían, rincipalmente a Siria. En palabras de la IRG, podría decirse que la conciencia individual y el rechazo colectivo a las armas se unieron para influir en la objeción de conciencia como táctica antimilitarista. La resistencia a la conscripción también provocaba sublevaciones armadas, como en Palestina cuando, en 1834, el pago de tributos bélicos y el servicio militar obligatorio impuestos por Muhammad Ali desencadenaron la llamada Revuelta de los Campesinos.

Gran parte de la historia de la objeción de conciencia, que es bien conocida y documentada históricamente en los siglos XVIII y XIX, se refiere a Europa y a los emigrantes religiosos europeos —por ejemplo, en América del Norte— y se asocia principalmente a grupos a menudo perseguidos, como los testigos de Jehová, los cuáqueros, los menonitas, los brethrens (hermanos) y otros grupos de las iglesias anabaptistas. Su rechazo a las leyes estatales, como el servicio militar obligatorio, a menudo era un motivo explícito al que recurrían sus perseguidores. Estos grupos poseían una organización y solidaridad internas. Dichos elementos son necesarios a la hora de adoptar medidas que son, en primer lugar, poco habituales, en segundo lugar, ilegales y, en tercer lugar, a menudo sumamente impopulares. La resistencia de otros grupos no religiosos en todo el mundo, más allá de Europa, en ese periodo, por lo general no está tan bien documentada ni reivindicada, sobre todo cuando se adopta una visión amplia de la OC, como ocurre en este libro. Esto no significa que tal resistencia no existiese, sino que muchas indagaciones históricas y pacifistas de grupos mayoritariamente europeos (como lo fue la IRG en su origen) la desconocían, y por ello no han ayudado a mantener su legado como historia viva. Este capítulo no puede sino ser un producto de lo que ha quedado recogido en los libros y en la historia personal e institucional de grupos pacifistas y, por ello, puede padecer las limitaciones de esta historia “conocida”.

La IRG fue fundada en 1921 en Bilthoven, en los Países Bajos, por objetores de conciencia europeos que habían vivido la Gran Guerra de 1914-18. Surgió principalmente de movimientos humanistas, socialistas y anarquistas, así como religiosos (aunque muchos cristianos eran miembros de la Hermandad Internacional por la Reconciliación [IFOR, por sus siglas en inglés], fundada en 1919, también en Bilthoven)[2]

No en su totalidad, los pacifistas y antimilitaristas que participaban en esos movimientos luchaban contra la conscripción y la “guerra total” ―la “absoluta movilización de todos los recursos técnicos y humanos”[3]― que se generalizó en las primeras décadas del siglo XX, mientras que muchos de los objetores religiosos se habían dedicado anteriormente a luchar por su propia exención, principalmente del servicio militar. Esta lucha contra la guerra total encuentra una expresión memorable en el "Plan de lucha contra la guerra y los preparativos de la guerra" del anarquista y antimilitarista holandés Bart de Ligt en 1934, en el que la objeción de conciencia fue lo que Bröckling denomina una lista "enciclopédica" de estrategias contra el militarismo.

El reconocimiento de la objeción de conciencia como derecho fue adquiriendo una importancia cada vez mayor a partir de comienzos del siglo XX, aunque solo en unos pocos Estados, principalmente en la Europa protestante. En Noruega, la protección del derecho a la objeción de conciencia fue reconocido por ley en 1900, en Dinamarca en 1917 y la ley de servicio militar obligatorio de 1916 del Gobierno británico fue la primera en permitir la objeción de conciencia cuando se introdujo la conscripción, si bien muchos objetores de conciencia, fueron encarcelados en el Reino Unido durante la I Guerra Mundial. El servicio militar obligatorio en este país fue una medida que generó una enorme polémica ―era la primera vez que se introducía la conscripción en Gran Bretaña―, por lo que la inclusión de una disposición sobre los objetores de conciencia se consideró una concesión indispensable.[4]

Una vez finalizada la I Guerra Mundial, la cooperación, inicialmente entre los movimientos europeos y posteriormente con movimientos de toda Latinoamérica y América del Norte, África y otras regiones, fue promovida por redes como la IRG y IFOR. A nivel regional, aparecieron las  Asambleas del Movimiento Internacional de Objetores de Conciencia, la Oficina Europea para la Objeción de Conci enci a y,  ya en l a década de 1990,  el  ELOC (Encuentro Latinoamericano de Objeción de Conciencia, posteriormente CLAOC: Coordinadora Latinoamericana de Antimilitarismo y Objeción de Conciencia). La solidaridad a nivel internacional fue un elemento primordial en algunos de los movimientos de rechazo más prominentes del siglo XX, como es el caso de los objetores de conciencia de los EE.UU. en las guerras de Corea y Vietnam. A modo de ejemplo, muchos huyeron a Canadá y recibieron inicialmente apoyo de organizaciones populares y, posteriormente, del Gobierno.

En Latinoamérica, en los años noventa se dio el surgimiento de movimientos antimilitaristas, a veces en países afectados por la guerra civil  ―Colombia, El Salvador― y en otros donde las dictaduras militares daban los últimos coletazos ― Chile, Ecuador y Paraguay, entre otros―.  En las sociedades profundamente afectadas por estas dictaduras y su militarismo y represión, los jóvenes encontraron en la objeción de conciencia una manera de “expresar su creciente conciencia e identidad política con un conjunto de nuevos valores,  distanciándose de la violencia y la lucha armada”[5] Rafael Uzcátegui relata en la siguiente sección de este libro que estos movimientos se desarrollaron con tres tendencias principales: las iniciativas religiosas, como el SERPAJ (Servicio de paz y justicia), activo en Colombia, Ecuador, Chile, Argentina y otros países; grupos marxistas y antiimperialistas cuya táctica era la oposición al servicio militar obligatorio; y grupos anarquistas. En ese contexto, las tres tendencias no gozaron de mucha colaboración; tal y como explica Rafa: “El antimilitarismo como tal nunca ha tenido su propio desarrollo como algo diferenciado de las tres tendencias descritas”.

A menudo, la objeción de conciencia se ha promovido a través de la presión a favor del reconocimiento legal a nivel nacional. En muchas ocasiones, esto se ha logrado inicialmente en forma de exención por determinados motivos religiosos, lo cual discrimina a todos los demás objetores de conciencia. A partir de la creación de organismos internacionales como la Sociedad de las Naciones y posteriormente las Naciones Unidas (ONU), muchos han luchado también por el reconocimiento internacional como forma de ejercer presión sobre los Estados nación. La Comisión de Derechos Humanos de la ONU reconoció formalmente por primera vez el derecho a la objeción de conciencia el 10 de marzo de 1987, e hizo un llamamiento a los Estados miembros para que lo respetasen. Se han realizado esfuerzos constantes antes y después para pedir el reconocimiento de la OC y la adopción de disposiciones legales al respecto, a nivel internacional y regional.

En muchos países ―sobre todo europeos, aunque no exclusivamente―, los movimientos contra el servicio militar obligatorio y a favor de la objeción de conciencia han dado sus frutos: fueron parte del proceso que obligó a poner fin o suspender el servicio militar obligatorio (por ejemplo, como ha sucedido en los últimos 20 años en Bulgaria, Bosnia y Herzegovina, Croacia, la República Checa, Francia, Alemania, Hungría, Italia, Letonia, Macedonia, Montenegro, Polonia, Portugal, Rumanía, Serbia, Eslovaquia, Eslovenia, España y Suecia, Marruecos, Perú y Argentina). Estos son algunos ejemplos claros del antimilitarismo que está acabando con la conscripción (cabe citar también la estrategia de insumisión en España y en Serbia, por ejemplo). 

El fin de la conscripción ha dado como resultado un panorama muy diferente para la labor de los grupos antimilitaristas, pues se trata de algo mucho más complejo que una simple “victoria”. En muchos casos, el fin de la conscripción ha jugado a favor de una estrategia de defensa nacional según la cual “hacían falta ejércitos eficientes y de gran movilidad formados por soldados bien entrenados […] Los grandes ejércitos de remplazo se han convertido en algo del pasado”[6] Y lo que es más, poner fin a la conscripción significa también el fin de una de las principales motivaciones para atraer a la gente a los movimientos antimilitaristas y de objeción de conciencia. El capítulo 19 trata más ampliamente lo que ocurre con los movimientos de OC cuando la conscripción es abolida.

En todo caso, la conscripción sigue afectando a millones de personas en todo el mundo. Los objetores de conciencia siguen siendo encarcelados, castigados y sometidos a malos tratos en los numerosos países que no reconocen este derecho: Corea del Sur*, Israel, Finlandia, Eritrea, Turquía, Chipre y Azerbaiyán, por nombrar solo a algunos. O sea, el viaje hasta el reconocimiento de la OC no ha terminado en absoluto, ni es ―para los antimilitaristas― el objetivo último.

¿Quiénes han sido objetores de conciencia?

La historia de la objeción de conciencia es diferente a la del rechazo a la guerra en general, y aún más a la de aquellos que no van a la guerra. La decisión que uno toma ante la obligación de enlistarse en el ejército tiene que ver con las opciones de que dispone.  En muchos contextos se ha dicho que la clase media se hace objetora de conciencia, mientras que los pobres "eluden" el servicio militar. No es cierto que esto ocurra en todas las épocas ni en todas partes, pero existen muchas razones por las que podría ser así en determinadas circunstancias. Por ejemplo, cuando un Estado que sí ofrece algún tipo de prestación social sustitutoria al servicio militar recurre a un “comité de conciencia” para juzgar la “validez” de la solicitud de un objetor: esto podría ser una experiencia sobrecogedora, más atractiva para los más instruidos, por estar más acostumbrados a debatir, a hablar en público, etcétera, aparte de la decisión política que hay que tomar de si uno acepta someterse a un examen de la propia conciencia. En el mundo del activismo actual, en el que ser objetor de conciencia a menudo conlleva dar muchas entrevistas a los medios de comunicación, podría ser algo profundamente aterrador, en función de la aptitud, origen, formación y experiencia. ¿Les resulta esto más fácil a personas de clase media y alta? (véase la entrevista de Noam Gur en el capítulo 5).

Sin embargo, la realidad es mucho más compleja que la dicotomía clase obrera-clase media. ¿Cómo eludes el servicio militar? ¿Huyes al extranjero, pasas a la clandestinidad, sigues estudiando, trabajas en una profesión “protegida” cuyos trabajadores no son llamados a filas? Poder recurrir a estas soluciones depende en gran manera del lugar que ocupas en la sociedad. Y lo contrario también es cierto: no todos los movimientos de OC han carecido de presencia y liderazgo procedentes de la clase obrera. 

Dado que la mayoría de los llamados a filas por el Estado son hombres, también lo son mayoritariamente los objetores. Sin embargo, esto no es así en todas partes: hoy en día las mujeres son enlistadas en Eritrea, Israel, Mozambique y Noruega. En Israel, uno de los mayores grupos de OC es un grupo feminista ―New Profile―, formado sobre todo por mujeres. Aun así, históricamente, la mayoría de movimientos de objeción de conciencia han sido predominantemente masculinos, y hará falta un esfuerzo enorme para que la presencia de las mujeres en su lucha no se vea simplemente como "las que preparan los sándwiches", sino que se reconozca de una vez por todas la relación entre el patriarcado y el militarismo.

Las mujeres también se han organizado por su cuenta utilizando la objeción de conciencia como instrumento, declarándose objetoras al militarismo en sus vidas, como es el caso de Turquía (véase capítulos 22 y 23). El libro de la IRG publicado en 2010, Antología de mujeres objetoras, trata este tema en mayor detalle. Sin embargo, conviene remitirse a los ejemplos tanto del capítulo 22 de este volumen sobre el papel del patriarcado para comprender el militarismo y las estructuras de poder, como a los capítulos 6 y 26 acerca de las formas de garantizar que esta comprensión se traduzca en una forma diferente de organizarse.

Los libros sobre la objeción de conciencia y su historia hablan de pacifistas, adeptos religiosos y activistas que actúan desde la “política de convicciones” y organizan campañas juntos. Se podría argumentar que igual de importante es la oposición por motivos que podrían calificarse como “personales”: “tengo que mantener a mi familia, cultivar mi propia comida y cuidar de mis mayores; no puedo simplemente abandonar mi hogar y enlistarme en el ejército”. O, “no quiero morir”. Estos tipos de oposición al enlistamiento tienen tanta relevancia en las campañas contra la conscripción como las convicciones políticas. En primer lugar, porque representan argumentos convincentes sobre la importancia de la libertad de cada individuo y el poder de decisión sobre la propia vida; en segundo lugar, porque son generalizados; y en tercer lugar, porque ponen de relieve los horrores propios de la guerra y la vida en una máquina de matar jerárquica e itinerante ―o sea, el ejército― de una manera que es menos abstracta que todos los argumentos ideológicos. Pero es más difícil aprovechar esta oposición que el compromiso ideológico compartido entre personas que de todas maneras se organizarían, como sucede con los grupos de izquierda. Por otra parte, los Estados a los que intentan desafiar podrían no considerarlos lo suficientemente “dignos de importancia” y, por ello, les costaría más ganarse la simpatía de los oponentes o el respeto del ejército que intentan eludir.

Si la historia de la objeción de conciencia fue en sus orígenes de carácter religioso, dominada en su inmensa mayoría por hombres y a menudo la opción de los más acomodados, ¿qué puede ofrecerles a las mujeres, a las personas de color y a los antimilitaristas de la mayoría de los países llamados “tercermundistas”?  Esperamos que este libro dé respuesta a algunas de estas cuestiones con ejemplos de movimientos feministas y activistas antiimperialistas y anticapitalistas de la mayor parte del mundo, y esperamos que parte de su contenido origine cuestionamientos para aquellos movimientos que puedan estar dominados solo por hombres o personas de raza blanca o de clase media. El motivo de esto no es que los autores, la IRG y su red no padezcan el dominio del sexo masculino, la raza blanca o la clase media. A veces lo hemos sufrido y lo seguimos sufriendo. No tenemos todas las respuestas, pero sí que queremos plantearnos estas preguntas. También somos conscientes de que, aunque la objeción de conciencia es un instrumento importante contra el militarismo, no deja de ser tan solo uno de ellos y que otros instrumentos, en períodos y lugares diferentes, podrían ofrecer una alternativa más radical a los atributos del militarismo como el heroísmo, el sacrificio y la jerarquía.

¿Qué hay del futuro? Estos movimientos a menudo se han inspirado en el antiguo dicho que rezaba "¿Te imaginas que hubiera una guerra y nadie se presentara?” Pues bien, quizá dentro de poco casi nadie tenga que “presentarse” para que haya una guerra, ya que la tecnología moderna permite matar tanto como mil soldados armados simplemente presionando un botón. Los movimientos de objeción de conciencia representaban una amenaza muy concreta para los Estados militaristas al oponerse al tipo de movilización de “guerra total” de las denominadas "guerras mundiales" del siglo XX. Pero ahora, a medida que los ejércitos profesionales y los robots se están imponiendo cada vez más a la antigua mentalidad de “poner tropas sobre el terreno”, para la que se requerían cantidades ingentes de jóvenes que sirvieran de "carne de cañón", tendremos que ser ingeniosos y flexibles para seguir utilizando la objeción de conciencia de una forma productiva. La unión hace la fuerza y esa es una de las razones por las que existe la IRG y por la que los pacifistas de todo el mundo siguen apostando por la comunicación a través de las fronteras y mediante redes internacionales como la IRG.

 

[1] Çinar, Özgür H.; Üsterci, Coskun (eds.), 2009, Conscientious Objection: Resisting Militarized Society, (Londres y Nueva York: Zed Books).

[2] La coincidencia no es casual, sino el resultado de la labor que desempeñaron Kees y Bey Boeke, anfitriones de las reuniones que dieron lugar a la fundación de la IFOR y la IRG

[3] Bröckling en Çinar, p. 55.

[4] La totalidad de la isla de Irlanda, a la sazón parte del Reino Unido, quedó exenta del servicio militar obligatorio por temor a una revuelta popular. (v. Çinar, p. 22).

[5] Cita de Javier Gárate, fundador del grupo de OC chileno Ni Casco Ni Uniforme; correspondencia con el autor.

[6] Lammerant, Hans, 2013: "El fin de la conscripción y la transformación de la guerra", en El fusil roto [online],  mayo, <hp://www.wriirg.org/node/21760&gt;, visitado el 12 de junio.

Ir al siguiente capítulo: ¿Por qué el género?

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