Sudafricá - fronteras, militarismo y xenofobia

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Christopher McMichael

Christopher McMichael

La política oficial del gobierno sudafricano sobre límites e inmigraciones se basa en el lenguaje de los derechos humanos y en abrir las fronteras de la era colonial en África. Pero la realidad es más autoritaria y brutal. Los migrantes económicos y aquellos que piden asilo, en particular de otros países africanos, son blancos regulares de violentos acosos por parte de la policía y se les niega de manera ilegal el acceso a servicios básicos como la salud o son enviados a centros de detención. Los funcionarios estatales están fuertemente investidos en retórica sobre seguridad fronteriza y siempre hacen declaraciones de mal agüero sobre amenazas extranjeras para con la seguridad de Sudáfrica, desde el contrabando de drogas internacional hasta la caza ilegal de rinocerontes. Obviamente, esto no es nada nuevo ni particular de Sudáfrica. Históricamente, los estados han usado las fronteras y la violencia para demarcar a los extranjeros de los ciudadanos, junto a la combinación de operaciones militares fuera de su territorio con tareas policiales. Esto se hace más evidente con las actuales guerras contra las drogas y el terrorismo, en las cuales los enfrentamientos y las operaciones en el extranjero se combinan con la ampliación de vigilancia y restricciones a las libertades civiles.

Los medios regularmente repiten hechos no confirmados pero alarmantes sobre las inmigraciones ilegales realizando quejas Malthusianas sobre cómo los escasos trabajos y servicios están siendo robados. Cada vez se acepta más el hecho de culpar a los migrantes de los problemas en Sudáfrica. Los hacen responsables de la desigualdad masiva, de las altas tasas de desempleo y del crimen violento. Aquellos que participaron en las matanzas xenofóbicas que estallaron en abril del 2015 reflejan cruda pero exactamente el discurso utilizado por los medios y el gobierno; ‘ “ellos” nos sacan nuestros trabajos, “ellos” incentivan el crimen’. Pero de manera simultánea, el gobierno espera que el resto de África reciba con brazos abiertos la expansión del negocio Sudafricano. La imagen que Sudáfrica tiene de sí mismo es de una fuerza hegemónica en el continente sellada de países más pobres y con menos estabilidad, un pensamiento que apoyo a la estrategia de las fronteras.

La respuesta del estado a los ataques xenofóbicos de abril, en los cuales multitudes armadas persiguieron a los extranjeros y atacaron sus pequeños negocios en varias ciudades, fue lanzar la Operation Fiela nacional (dependiendo de la traducción significa barrer las calles o barrer la suciedad). La policía y los militares salieron a las calles donde más problemas había con transportes blindados y arrestaron a multitudes. Pero en la práctica, los migrantes indocumentados fueron tanto el blanco como los sospechosos implicados en la violencia xenófoba y los miembros del gobierno presumen de la cantidad que han arrestado. Sin embargo han negado vigorosamente que la operación se haya convertido en un ataque frecuente a pobres y desesperados migrantes, sosteniendo que cualquiera que permanezca dentro de la ley no tiene nada que temer. Pero en la práctica una imagen más despreciable surgió cuando las familias se congregaron en las frías y oscuras mañanas porque se les negó a los arrestados el derecho a un abogado y se los torturó bajo custodia policial. Incluso las personas que tenían la documentación legal para estar en el país fueron arrestadas sin ningún tipo de explicación. Esta situación kafkiana, en la cual estar del lado de la ley no da ningún tipo de protección de los servicios de seguridad, se hace más evidente en cómo los oficiales rechazan que esto tenga algún tipo de propósito xenofóbico, mientras hacen comentarios provocativos acerca de la criminalidad extranjera. “En una rueda de prensa el parlamentario Tekoetsile Motlashuping declaró que no había evidencia alguna de que los ataques de abril hayan sido xenofóbicos, pero luego amenazó con que cualquier ilegal en el país sería arrestado sin piedad…Ellos (los extranjeros) deambulan, van al municipio para ocupar un lugar económico. La frase “sin piedad” es común en el discurso político sudafricano, los oficiales la usan para resaltar el despiadado enfoque sobre los enemigos nacionales y extranjeros. Esta retórica combativa se pone en práctica en redadas masivas y medidas drásticas, altamente exageradas, que en práctica sirven en principal para penalizar al pobre. Por ejemplo, en los dos últimos años, la ciudad de Johannesburgo llevó cabo una Operation Clean Sweep (“Operación barrido”), que intentaba limpiar la ciudad de los comerciantes callejeros y la Operation Ke Molao (It is the Law) que se extendía hasta los vagabundos e incluía la política de no mostrar piedad al arrestar a los mendigos ciegos e incautar sus bastones. En todas estas operaciones, la nacionalidad es de menor importancia que la clase: el estado asalta y arresta a cualquier pobre considerado ser una molestia más allá de los papeles que tenga o no. La operación Fiela ha adquirido un increíble subtítulo – Reciclaje 2015 y, además de lidiar con temas como la inmigración, también se va a ocupar de los antros de drogas y redes de prostitución y la ocupación ilegal de edificios y terrenos. Este último muestra que es preferible utilizar la mano de hierro antes que negociar como solución del estado al asentamiento informal de tierras, una común respuesta a la escasez de vivienda. Tal respuesta militarizada integra las políticas de fronteras exteriores con el control social nacional.

La promoción del régimen de operaciones de seguridad de fronteras y aseo nacional puede ser entendida como una parte del creciente autoritarismo dentro del estado sudafricano. Aunque esto precede a la presidencia del régimen de Jacob Zuma, bajo su mandato el gobierno se ha convertido a la vez más reservado y se ha librado de la extrema violencia contra las amenazas a la seguridad, más notablemente en el caso de la masacre de Marikana, en donde la policía baleó a mineros que estaban en huelga. De manera simultánea, los años de Zuma han visto el fortalecimiento de las fuerzas conservadoras con más chovinismo étnico público y demagogia nacional en el discurso político. En el menor de los casos, la actual postura sobre fronteras es una cuestión de usar a los extranjeros como chivos expiatorios para la desigualdad estructural y la pobreza de todos los días en el país como una forma fácil de frustración. Sin embargo, parece más probable incentivar el incremento de violencia en el futuro, con el estado que ve aún más los asuntos de los ciudadanos y personas de otras partes como suciedad que hay que barrer con una escoba de hierro.

Christopher McMichael has recently completed a post­doctorate at the University of the Witwatersrand. His reserarch interests include war, state power and organised crime.

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