Desarraigados: bases militares extranjeras y desplazamiento forzado

El inglés llegó, el señor inglés llegó a Chagos
El inglés llegó, el señor inglés nos desarraigó,
cortó nuestro suministro de comida,
nunca olvidaré,
nunca olvidaré a mi familia.
La sirena sonó tres veces para embarcar en el Mauritius,
nos arrojó al Mauritius.

Nunca olvidaré,
Nunca olvidaré a mi madre,
No olvidaré a los que dejamos allí en el cementerio.

Este fragmento pertenece a una canción compuesta por Mimose Bancoult Furcy, que fue deportado del archipiélago de Chagos en el océano índico en 1971. Sólo tenía 13 años por entonces. El gobierno británico, en ocasiones ayudado por la marina de EEUU, expulsó por la fuerza a toda la población chagosiana, amontonándola en buques sobrecargados en los que mucha gente cayó enferma, con el único objetivo de arrojarla literalmente en las costas de la isla Mauricio y las Seychelles, a cientos de kilómetros de sus hogares. Sin compensaciones, sin explicaciones, sin planes de reasentamiento y sin pertenencia alguna. ¿Por qué? Para dejar la vía libre a una base militar de EEUU que en las últimas décadas se ha convertido en uno de los mayores bastiones militares desde los que EEUU proyecta su fuerza en el Océano Índico, Asia Central y África Oriental: Diego García.

Con unos gastos en bases militares estimados en al menos 140.000 millones de dólares anuales para mantenimiento y construcción, el Pentágono es el mayor propietario de tierras de todo el mundo, con instalaciones que se extienden por todo el planeta. Por desgracia no se trata de un propietario con buenos registros en lo que se refiere a los estándares ecológicos, sociales o morales, como queda expuesto con el ejemplo de Chagos. En los años 50 y 60, la descolonización y las tensiones crecientes de la Guerra Fría provocaron el miedo de los EEUU a que las aspiraciones rusas y chinas pudieran hacer del Océano Índico “un lago comunista” inaccesible para la rápidamente creciente maquinaria militar estadounidense. Para evitar que sucediera esto, EEUU buscó y encontró islas estratégicamente situadas como la isla australiana de Cocos (Keeling), las Seychelles, y Diego García, en el archipiélago de Chagos, bajo el gobierno colonial del Reino Unido.

Los habitantes de las islas Chagos fueron originariamente llevados allí como esclavos (de África) o trabajadores foráneos (de India). Durante generaciones levantaron su sociedad alrededor de las plantaciones de coco en las que muchos de ellos trabajaban. La comida, la madera para la construcción, la asistencia médica y otras necesidades esenciales de los isleños eran proporcionadas por los propietarios de las plantaciones y los gobernadores imperiales británicos. Las condiciones de trabajo eran relativamente buenas para los chagosianos, la dieta era saludable. Hasta que llegaron los estadounidenses. Ellos necesitaban una base y los británicos ofrecieron Chagos. Los estadounidenses que las islas estuvieran libres de pobladores locales, y los británicos siguieron ofreciendo Chagos, catalogando a la población de 1500 personas como “insignificante”. Los chagosianos obviamente no tuvieron voz en el proceso y han visto obstaculizada su lucha por la justicia durante los 40 años vividos en el exilio.

El desplazamiento forzado es mucho más que “sólo” el desalojo de la propia casa, tierra o territorios ancestrales. En el caso de los chagosianos (en el que toda una comunidad es deportada a un lugar extraño) el desplazamiento ha causado enfermedad, depresión, empobrecimiento, pérdida de autoestima, e incluso muerte. Al llegar a Mauricio y las Seychelles, los chagosianos se vieron en una tierra extraña donde la población local los veía como competidores para trabajos insuficientes. Sin educación y sin pertenencias, la mayoría no fueron incapaces de conseguir vivienda o trabajos adecuados, y muchos fueron incapaces de “encajar” en una sociedad que era profundamente ajena para ellos, y a menudo hostil. Muchos experimentaron sentimientos de depresión, de estrés psicológico, y tuvieron sentimiento de culpa respecto a sus propios hijos, a los que fueron incapaces de proporcionar el bienestar que hubieran podido en casa. El salto desde la casi paradisíaca vida en Chagos a tener que buscar comida para sus hijos hambrientos en la basura de otros en Mauricio o Seychelles fue para algunos sencillamente algo insoportable. Sólo en el primer año del exilio murieron 44 chagosianos. Entre ellos Eliezer Louis “que pasó mucha pena y murió”; Ito Mandarin que “murió de pena y pobreza tras desembarcar”, y toda la familia Rabrune que “no tuvo ninguna propiedad, fue abandonada por todos y murió en desgracia”.

Hay 17 casos similares documentados de desplazamiento masivo forzado de poblaciones para dejar espacio a una base militar exterior. Se pueden encontrar ejemplos tan alejados como Groenlandia, Puerto Rico, Okinawa y Chagos. Hay multitud de casos en los que menores cantidades de personas han perdido sus casas, subsistencia o lugares religiosos, víctimas de los deseos imperiales de EEUU, estados miembros de la Unión Europea o Rusia. La expulsión o el desplazamiento directamente causado por la decisión de un gobierno para dejar el camino libre a una base militar, es sólo uno de los muchos problemas que tienen que afrentar las comunidades locales cuando se encuentran con la presencia militar extranjera. Las comunidades también denuncian otros daños de tipo económico, social, cultural, sanitario y ecológico, la explotación de las mujeres, el incremento de la criminalidad, la pérdida de autodeterminación, y la imposibilidad para los civiles de llevar ante los tribunales a los militares. Las bases militares están pobladas habitualmente por hombres jóvenes lejos de su hogar, pareja y gente querida, y como consecuencia los niveles de violaciones, asaltos e incluso asesinato, son altos en las comunidades que se encuentran alrededor de las bases.

Los problemas alrededor de estas bases son sentidos localmente pero suceden globalmente. Con más de 1000 instalaciones militares en el exterior en más de 100 países, EEUU ha creado la mayor infraestructura militar global en la historia de la humanidad. Además, los países europeos mantienen otras 150 de estas avanzadas militares. Rusia conserva cerca de media docena de bases en las antiguas repúblicas soviéticas; India tiene una base militar en Tayikistán. Muchas de estas instalaciones son preparativos directos para la guerra, pero además de esto, las bases pueden funcionar como estaciones de escucha, almacenes de armamento nuclear o convencional, lugares de ensayo de nuevas armas, estaciones de radar de alerta temprana, instalaciones para el tratamiento o “descanso y recuperación” de los soldados, estaciones intermedias para las tropas de camino hacia o desde la guerra, incluso instalaciones portuarias administrativas que permiten a un país evitar los procedimientos aduaneros locales para los acuerdos armamentísticos fraudulentos.

La experiencia compartida de todas las comunidades alrededor de las bases militares extranjeras les llevó a formar la red de internacional No-Bases en 2003. Para muchas comunidades, enterarse de que hay cientos de otras comunidades que afrontan problemas similares ha sido una experiencia profundamente fortalecedora. Compartiendo información y aprendiendo de los éxitos y fracasos de los demás, los grupos de la red No-Bases están ahora mejor equipados para luchar conjuntamente contra los injustos acuerdos que acompañan a las bases extranjeras. Están fortalecidos por las declaraciones de solidaridad en los momento difíciles, pero también sacan inspiración del éxito de los otros.

Uno de los éxitos de los que los chagosianos pueden sacar inspiración se encuentra en Vieques, Puerto Rico, donde después de años de lucha de sus habitantes, consiguieron recuperar derechos de acceso a grandes zonas de su isla después de haber sido usada como lugar de pruebas para nuevas armas y como centro de entrenamiento. La lucha de Vieques está lejos de haber terminado, ahora que EEUU se niega a limpiar los residuos tóxicos y los explosivos sin estallar que han dejado atrás. Sin embargo, el fin de la expulsión de los que perdieron su tierra y la recuperación de las tierras comunales nos demuestra que incluso en nuestros momentos más desesperados puede hacerse. Que las comunidades locales pueden resistir a los más poderosos gobiernos y reclamar la devolución de sus tierras. Que las naciones relativamente pequeñas pueden hacer frente al ejército más poderoso y finalmente hacer que se vuelva a su casa.

El destino del pueblo chagosiano está, contra su deseo, ligado al de los que sirven en la maquinaria militar estadounidense. Las investigaciones muestran que los hombres y las mujeres que sirven en bases lejanas y aisladas sufren a menudo de nostalgia del hogar, agitación nerviosa y depresión. La población chagosiana que tuvo que irse para hacerles sitio experimenta al igual una dolorosa nostalgia por su país, sus tierras y su vida comunitaria. Los soldados estadounidenses o el exilio chagosiano, ambos están desarraigados, por usar las palabras de Mimose Bancoult. Ambos se encuentran en lugares equivocados y merecen volver al hogar.

Wilbert van der Zeijden es Coordinador de la Red Internacional No-Bases (www.no-bases.org) y miembro del Transnational Institute (www.tni.org).
El autor reconoce que el libro Island of Shame: the Secret History of the US Military Base on Diego Garcia, de David Vine (Princeton Press, 2009) ha sido una gran motivación y fuente para este artículo.